15 diciembre 2020

El virus de la desigualdad y la indiferencia: la pandemia permanente.

Por Florinda Pargas Gabaldón.

“El COVID-19 no es solo un problema sanitario, también puede ser un virus que agrave la xenofobia, el odio y la exclusión. Existen informes acerca de la violencia física que sufren los chinos y las personas asiáticas; de los discursos de odio que culpan a minorías, como a los romaníes y a los hispanos, de la propagación del virus; y de políticos que piden que no se permita el acceso de los inmigrantes a los servicios médicos. Todo muestra que los estados deben enfatizar de forma urgente que los derechos humanos de todos, particularmente de los más vulnerables y marginados, deben ser protegidos”. –Fernand de Varennes, Relator Especial de las Naciones Unidas para las Minorías.

La función esencial de los Derechos Humanos (DDHH) es la de proteger a los ciudadanos de cualquier acción del Estado que pueda vulnerar su integridad física, moral, económica o cultural. Fueron divulgados por primera vez en la Declaración Universal de los Derechos Humanos promovida por las Naciones Unidas en 1948, justo después de la finalizar la Segunda Guerra Mundial, como una forma de evitar que las injusticias que se cometieron durante la guerra se repitieran.

Los DDHH son garantías consagradas de manera universal e inalienable para todas las personas desde el momento en el que nacen, independientemente de su raza, nacionalidad o religión y están regidos por convenciones y tratados que obligan a los Estados adheridos a cumplirlos. Los derechos fundamentales son las garantías consagradas para todos los ciudadanos o residentes de un país y están enmarcados en la constitución y las leyes locales.

La diferencia entre DDHH y derechos fundamentales es que los derechos humanos son de carácter universal (protegen a todos los individuos), por lo tanto, no dependen de los Estados, y al tener alcance internacional van más allá de lo dispuesto en la constitución o las leyes de un país, por lo que son de cumplimiento obligatorio.

Si cada una de las garantías, que han firmado los líderes mundiales en nuestro nombre, se cumpliese, nuestras vidas serían pacíficas, seguras, cómodas y saludables; nuestros sistemas jurídicos serían más justos, equitativos y protectores con los más vulnerables; y nuestros procesos políticos serían transparentes y democráticos, enfocados a los intereses de la gente.

Por lo tanto, ¿qué es lo que va mal? Una de las cosas que hacen que el sistema no funcione es que, el liderazgo político mundial a menudo toma atajos, prevaleciendo intereses individuales sobre los colectivos. Por eso, es tan importante conocer nuestros derechos y saber exactamente qué promesas han hecho en nuestro nombre y empezar a asegurarnos de que se cumplan.

En el caso de los DDHH, conocer a profundidad los acuerdos y compromisos firmados, nos permite exigir su cumplimiento y ejecución. En mi caso particular, como migrante venezolana, es primordial conocer los nuevos derechos relacionados con ese tema, con énfasis en aquellos que se enfocan en las vulnerabilidades de las mujeres, los niños y las poblaciones excluidas.

La lista de los DDHH reconocidos internacionalmente no se ha mantenido invariable. Durante los más de 60 años de la existencia de la Declaración de los DDHH, los nuevos tratados y documentos han aclarado y desarrollado aún más algunos de los conceptos básicos que se establecen en este documento original.

Estas incorporaciones han sido el resultado de una serie de factores: vienen en parte como respuesta a cambios en las ideas sobre la dignidad humana, y en parte como resultado de las nuevas amenazas y oportunidades que se presentan. En el caso de la nueva categoría que ha sido propuesta como derechos de tercera generación, estos han sido la consecuencia de una comprensión más profunda de los diferentes tipos de obstáculos que pueden interponerse en el camino de la realización de los derechos de primera y segunda generación.

La base sobre la que se asienta la tercera generación de DDHH, es la solidaridad y la idea de que estos derechos abarcan otros colectivos de la sociedad y de los pueblos, tales como el derecho al desarrollo sostenible, a la paz o a un medio ambiente sano. En gran parte del mundo, las condiciones de extrema pobreza, la guerra, los desastres ecológicos y naturales han hecho que solo se hayan producido avances muy limitados al respeto de los DDHH.

Los derechos específicos que se incluyen con mayor frecuencia dentro de la categoría de tercera generación son los derechos al desarrollo, a la paz, a un medio ambiente sano, a participar en la explotación del patrimonio común de la humanidad, a la comunicación y a la asistencia humanitaria. Estos están íntimamente relacionados con las brechas sociales y desigualdades que impulsan a las poblaciones a migrar de territorio, generando la crisis migratoria actual, la cual se ha visto profundizada por la pandemia del covid-19.

Las Naciones Unidas, han generado declaraciones importantes, llamados de atención permanentes, preocupadas por cómo los DDHH pueden verse afectados por la crisis del coronavirus, resaltando la urgencia, para que los países aborden la pandemia con un enfoque más cooperativo, global y basado en los DDHH. El Secretario General, de las Naciones Unidas, António Guterres ha calificado esta pandemia como «una crisis humana».

“Sin duda, debemos combatir el virus por el bien de la humanidad, centrándonos en las personas. Particularmente, en las más afectadas: mujeres, personas mayores, jóvenes, trabajadores precarios, pequeñas y medianas empresas, el sector informal y los grupos de riesgo”, ha recalcado el Secretario General, António Guterres, durante la pandemia.

Género y Derechos Humanos: más brechas, más desigualdad, mayor indiferencia.

El respeto a los DDHH de las mujeres ha sido una lucha de muchas organizaciones, de mujeres y hombres con un solo fin: lograr los cambios necesarios para que las mujeres ejerzan sus derechos fundamentales. Estas demandas se encuentran incorporadas en los instrumentos internacionales de la Convención Sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW, 1979-1981) y su Protocolo Opcional; la Conferencia Mundial sobre Derechos Humanos (Viena, 1993); la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo (El Cairo, 1994), la Convención Interamericana para Prevenir y Erradicar la Violencia, (1994, Brasil), la Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia (Durban, 2001), entre otras.

En la Conferencia Mundial sobre Derechos Humanos en Viena la comunidad internacional declaró que los derechos de las mujeres son también derechos humanos y que: “los derechos de la mujer y de la niña son parte inalienable, integrante e indivisible de los derechos humanos universales”.

En la Declaración del Milenio se afirma que «debe garantizarse la igualdad de derechos y oportunidades de hombres y mujeres»; además, se exhorta a todos los Estados a: «promover la igualdad de género y la potenciación del papel de la mujer, como maneras eficaces de combatir la pobreza, el hambre y la enfermedad y de estimular un desarrollo que sea verdaderamente sostenible»; «combatir todas las formas de violencia contra la mujer y aplicar la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer».

El Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) señala que los brotes de enfermedad afectan a hombres y mujeres de manera diferente, y que las pandemias empeoran las desigualdades a las que ya se enfrentan mujeres y niñas. Durante esta crisis, las mujeres y niñas se encuentran en mayor riesgo de sufrir violencia de pareja y otros tipos de violencia doméstica debido a un aumento de la tensión en el hogar. El riesgo de cortar sus alas se incrementa. Hoy, más que nunca, se hace necesario desarrollar espacios de fortalecimiento y apoyo, para acompañar a las poblaciones femeninas vulnerables, como los que planteamos en nuestro programa Alas de Mujer

El virus de la desigualdad nos acompaña desde hace muchos años, con sus nefastas consecuencias. Desde hace décadas, se busca poner fin a esta enfermedad social que limita nuestras capacidades de desarrollo sostenible. La Agenda 2030, como lo hemos señalado en nuestro artículo ODS Agenda 2030 la hoja de ruta para afrontar la crisis no pretende ser una receta, pero si una hoja de ruta viable ante la crisis, que ya ha sido reformulada en varias ocasiones, con unas recomendaciones que nos empeñamos en no cumplir. Somos un paciente irresponsable, al borde de la extinción.

Probablemente las vacunas para el virus del Covid-19, nos permitan superar en pocos años la crisis de salud pandémica, pero ¿Cuándo seremos capaces de asumir responsablemente la cura del virus de la desigualdad y de la indiferencia?

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Comentarios:

2 respuestas

  1. Tal vez cuando empezamos a tener empatía por el prójimo y un profundo acercamiento consagrado en el Espíritu de la Divina Providencia! Pues sólo él más sublime sentimiento de Benignidad del Creador puede sanar y restaurar nuestras falencias! Más sin él estamos más propensos al fracasó! Busquemos de la misericordia ! Y el buen proceder para lograr la vacuna contra la desigualdad y la indiferencia !

    1. Agradecida por tu comentario Javier, conectarnos en una gran cadena humana de amor y solidaridad puede ser un gran comienzo para erradicar estos virus que carcomen el alma.

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